Un custodio o guardián de semillas es quien se encarga de reproducir, guardar y compartir semillas criollas y nativas; además tiene un conocimiento práctico y ecopolítico sobre ellas. Aunque hay muchas otras características que algunas redes y grupos les atribuyen. Por ejemplo, hay quienes plantean que estas personas deben tener una relación ancestral e incluso espiritual con las semillas. También hay quienes le asignan acepciones distintas a ambos términos, aunque no hemos logrado entender muy bien cuáles serían las características de cada uno. Al parecer, el nombre depende también de la cultura. Así, por ejemplo, entre los Zenú se les denomina guardadores y para los mapuches, las mujeres, quienes son las encargadas de esta labor, son llamadas cuidadoras.

Con estas ideas en mente nos aventuramos a entrevistar diversos custodios y custodias que trabajan cerca de Medellín, de este modo terminamos conversando con seis de ellos en San Antonio de Prado, Rionegro, El Carmen de Viboral y El Peñol.

¿Quiénes son estos guardianes y guardianas de semillas? ¿Sus características coinciden con la mayoría de las descripciones que hemos encontrado en la literatura? Lo que encontramos sobrepasa esa definición del principio, en riqueza y diversidad. ¡Ya verán!

Semilla de papas nativas
Semillas de variedades de papa nativa de la Granja Feliz (Carmen de Viboral)

David Echavarría Calderón es el copropietario, junto con su pareja, de La Granja Feliz en la Vereda Viboral de El Carmen de Viboral. Los dos estudiaron tecnología agropecuaria. Cuando comenzaron a cultivar usaban agrotóxicos, pero el nacimiento de su hija Mariapaz hizo que se decidieran a dar el salto. Aunque la naturaleza también contribuyó a acelerar la decisión. En ese momento tenían 12.000 plantas de fresa convencional y cayó una granizada que acabó con todas. A los 15 días el viento les tumbó un invernadero de 4.000 metros cuadrados y 20.000 plantas de tomate. Para ellos, esta fue la señal para transformar todo su modo de producción.

También tenían una estantería llena de tarros de venenos para fresa, tomillo, tomate y frijol. Había millones invertidos, pero los botaron y empezaron a sembrar sin nada. David dice que la universidad les enseñó que la agroecología y la agricultura orgánica no eran funcionales, pero ellos encontraron que sí lo son cuando se cambian los conceptos sobre lo que debe ser la vida.

David solo guarda las semillas que consumen sus compradores y su familia. A veces también tiene que aprender a consumirlas, pero hay ocasiones en las que por más que intente no lo puede hacer. Es el caso de las habas y la soya. A él le gustaban las habas, pero a su pareja no, entonces dejó de producirlas. Llegaron a tener soya nativa con muy buen rendimiento, pero no eran muy aficionados a los productos que se derivan de ella, así que tampoco siguieron cultivándola.

Para David tener autonomía con las semillas es muy importante, pero depende de algunas semillas, y hay momentos en los que va al vivero y no encuentra alguna variedad, entonces eso le atrasa la producción. En cambio, con las semillas que conserva no tiene ese problema. De este modo, semillas como el yacón o la arrachacha le garantizan una producción constante. Esto le permite planear mejor sus siembras. Él, por ejemplo, sabe que, si siembra cada dos meses cierta cantidad de plantas, puede mantener muy bien el mercado, por eso siembra en rotación y nunca le falta. Pero para custodiar una semilla no solo hay que cuidarla, reproducirla y conservarla, también es muy importante compartirla y recibir las semillas que otros agricultores comparten. De ese modo, si una semilla se agota o la ataca una plaga, por ejemplo, una palomilla, él ya sabe quién tiene esa papa. Dos papas son suficientes para comenzar de nuevo. Conservar semillas, concluye David, es realmente lo más importante, porque es donde está el alimento y porque de otro modo se sigue dependiendo de la disponibilidad de semillas del mercado. 

Para David, los híbridos son muy funcionales. Él considera que hay mucha desinformación al respecto. La que él ha obtenido, derivada de su experiencia en la siembra le dice que sembrar híbridos es conveniente para su producción. Él siembra las plantas híbridas y de ahí han salido semillas funcionales, otras veces no es así. Un híbrido surge cuando se cruzan, por ejemplo, dos variedades de brócoli con el fin de sacarle mejores características, eso para David es interesante, aunque por otro lado dice que lo negativo es que se pierde rusticidad. No está de acuerdo con los transgénicos porque considera que están mal porque el suelo tiene su identidad y cuando llegan ese tipo de plantas no las identifica. Tampoco está de acuerdo con la manera en que se comercializan y por la manera en que se da su explotación y su perverso aporte en la cadena de los alimentos.

Planta de ají pajarito
Ají pajarito en Mukuna (Rionegro)

Jonathan Rivas tiene un proyecto llamado Los Sabores Perdidos, en donde conjuga la agricultura y la cocina. Aunque lo entrevistamos en Rionegro, en Mukuna, la finca de su amigo José, en donde ha podido experimentar con diferentes formas de agricultura, su finca queda en El Peñol. A Jonathan lo atrajo al mundo de la agricultura la indignación que le produjo ver el documental Food Inc. En ese momento estaba estudiando música, pero antes había estado en el mundo de la cocina, del que se había cansado. Después de ver el documental empezó a conocer y probar diferentes aproximaciones a la agricultura. Como muchos en el país, hizo el ciclo de cursos de agricultura orgánica del profesor Jairo Restrepo en donde le enseñaron muchas cosas, pero no le enseñaron a ser un campesino. Jonathan se denomina a sí mismo como un neocampesino. 

Su amigo José le dio luego la oportunidad de empezar a experimentar en Mukuna. Comenzaron con una huerta pequeña y ya llevan una hectárea sembrada. Allí no tiene la presión del productor por tener  resultados comerciales exitosos. Al principio fue la agricultura orgánica, pero la pandemia de la Covid-19 lo puso a pensar mucho en la escasez de los insumos y la dependencia, así que ahora está explorando el camino de las agroforestas, un sistema que mucho más que los que probó anteriormente lo sitúa en la senda de la soberanía alimentaria, que es la búsqueda que lo mueve con Los Sabores Perdidos. Y es justamente esta búsqueda la que lo conecta con las semillas criollas y nativas, porque como afirma, “las semillas son el punto número uno de la soberanía”.

Esto lo llevó a dejar de sembrar, preparar y consumir ciertos alimentos, aquellos de los que no podamos reproducir las semillas en Colombia. De este modo está volviendo “a las arracachas, los plátanos, las yucas, los fríjoles, el maíz, a lo que ha sido nuestra alimentación durante mucho tiempo, lo que llaman las milpas también en algunas comunidades, que han sido el sostén de la soberanía”. 

Durante la pandemia experimentó lo importante que es conservar las semillas, porque se dio un periodo de encierro en todo el mundo que nos confrontó con la idea de la autonomía. ¿Qué tan autónomos somos? Nuestra supervivencia dependía de la producción de muchas cosas, entre ellas las plántulas y las semillas. Entonces, reflexiona Jonathan, ¿dónde está ese poder inicial y esa soberanía de los pueblos cuando tengo que ir a comprar plántulas o semillas? La falta de autonomía con las semillas también tiene que ver con la poca variedad que tiene nuestra dieta, una dieta altamente controlada desde las corporaciones. La dieta es cada vez menos variada y todos comemos lo mismo porque el interés de esas empresas es tener grandes cultivos en diferentes países. Argentina, por ejemplo, será la encargada de proveer de trigo a todo el mundo y este es un proyecto de Monsanto. Hasta los años 60 Colombia producía su propio trigo, pero en ese momento hubo una crisis que la llevó a necesitar comida, Estados Unidos empezó a enviar trigo al país y de ese modo los productores locales se fueron quebrando poco a poco y hoy en día Colombia no produce trigo, el que consume lo importa. “La semilla es sagrada y es algo muy estratégico, por eso cuando usted empieza a entender no solo el tema de la reforestación y la ecología, sino que políticamente la alimentación es algo poderoso, ya uno empieza a mirar con otros ojos las semillas”.

Variedad de alimentos
Auyama, frijol verde, papa y chahchafruto cultivados por Laura en el Peñol

Laura Estefanía Cepeda Castillo es propietaria, junto con su familia, de la Granja agroecológica San Juan Pablo Segundo, situada en el municipio de El Peñol, vereda la Primavera. Ella nació en Leticia, Amazonas, pasó parte de su niñez en Santander y vive desde hace 10 años en esta finca. Llegaron a Antioquia en unas vacaciones y se quedaron. Primero estuvieron en Marinilla, en una finca agroecológica de un compadre del papá, luego se fueron para El Peñol. Esta última funcionaba antes por agricultura convencional, con agrotóxicos. Pero cuando ellos llegaron había sido abandonada por su propietario desde hacía siete años. Comenzaron haciendo una caracterización y posteriormente un proceso de restauración agroecológico. Lo más complejo es la recuperación de los suelos, porque hay que hacer terrazas y recuperación con microorganismos a través del compost, y eso es un proceso largo. Pero ahora el suelo es tan sano y fértil, que en algunas partes de la finca es posible sembrar sin abono.

Sus padres siempre han trabajado en agroecología y Laura dice que los hijos crecieron siendo agroecólogos, aunque ella además hizo una tecnología en agroecología. Disfruta mucho este tipo de agricultura y ama conservar semillas. Está haciendo recuperación de semillas de Antioquia y de otras partes del país. Dice tener 25 variedades de fríjol, 10 de papa, cidra, maíz, bore y muchas más.

“Cada vez que veo una semillita que puedo recuperar, que sale la vaina o que puede dar fruto, para mí es una alegría inmensa, me impresiona mucho y la logro conservar lo que más pueda, cuidarla desde que la siembro hasta que la cosecho”.  

Para ella es importante hacer custodia de semillas porque es ahí donde se conserva su genética verdadera. Esto lo dice para diferenciarlas de las transgénicas, que les han introducido plagas y enfermedades, y es por eso que cuando se cultivan son atacadas antes que las otras, lo que obliga a aplicar agroquímicos. Las semillas nativas o criollas tienen raíces con los lugares, lo que las hace muy resistentes, pues están adaptadas al entorno. También es importante tener mucho cuidado a la hora de sembrar las semillas para que no haya cruces entre ellas. Las diferentes variedades de maíz, por ejemplo, no se deben sembrar al mismo tiempo porque habría cruces y se perdería su genética propia.

Este conocimiento ha sido adquirido a través de los estudios que ha hecho Laura, pero especialmente gracias a su trabajo en la huerta, un laboratorio, donde todos los días aprende algo nuevo. La finca en la que están ahora es de clima frío, la anterior estaba ubicada en clima caliente, en Santander. Allá se cultivan otras cosas como el cacao y el banano, que no requieren tanto esfuerzo, en cambio a los fríjoles y a las papas, que son de clima frío, sí les dan muchas enfermedades.

“De igual forma, la agricultura me ha parecido un poquito más pesada en clima frío, porque son cultivos transitorios, en cambio en clima cálido son cultivos perennes. Entonces uno puede durar 20 años solo haciendo un manejo. En clima frío hay que estar deshierbando, el clima a veces da durito, unas veces llueve todo el mes”. 

Maíz
Semillas de maíz secando en Flor de la montaña (Carmen de Viboral)

Natalia López y su familia han venido trabajado en conservación de semillas durante 15 años. Tanto ella como su compañero son ingenieros agrónomos, pero siempre tuvieron claro que no querían trabajar en las áreas más convencionales de su carrera, en donde se enseña la producción a toda costa y los egresados terminan vendiendo agroquímicos o haciendo consultorías técnicas sin una visión holística de la agricultura. Ellos estudiaron en una universidad situada en Manizales, una ciudad con mucha influencia de Riosucio y el resguardo de Caño Limpio y Loma Prieta, donde hay organizaciones fuertes en el trabajo de la custodia de las semillas. Junto con su compañero empezaron trabajando en el Jardín Botánico de la Universidad de Caldas, en donde había un banco de semillas.

Más adelante trabajaron en la Fundación Para el Desarrollo Alternativo Viracocha, en San Agustín, Huila, donde hicieron un plan de alimentación para 120 niños vulnerables. Sembraban comida de manera orgánica para cumplir con dicho plan. A partir de esto la Fundación se ganó un premio con el cual construyó una casa de semillas: Natalia y su compañero, además de sembrar y recolectar esas semillas hacían el seguimiento, el secado y el almacenamiento en buenas condiciones para garantizar su viabilidad.

Para ellos las semillas son una pasión y por eso hay algunas que vienen conservando desde hace 14 o 15 años. Cuando ya estuvieron en el Carmen de Viboral salían a vender productos de la huerta y semillas, pero su fuerte eran estas últimas. Casi toda la huerta está destinada a producir semillas más que a producir alimentos. Ahora vienen sosteniendo más de 40 variedades de semillas. Aunque tienen lechugas, brócolis y otras plantas similares, prefieren dejarlas que semillen, en lugar de venderlas como alimento en el mercado, porque son variedades poco comunes y muy preciadas y la gente suele preferir las más comunes

“La gente está muy mal acostumbrada, quieren orgánico pero lo mismo que lo convencional. A la gente todavía le cuesta ver un tomate diferente, una lechuga diferente, un brócoli diferente, entonces nosotros decimos: esto es lo que nos gusta a nosotros, conservemos la semilla”. 

Las semillas son una explosión de vida, pero las transgénicas no lo son, son creadas para propiciar hasta la misma muerte, porque ocasionan la muerte de los campesinos y hacen que otras plantas no se desarrollen. La contaminación genética es algo terrible, ¿cuántos maíces criollos no hay contaminados con los transgénicos? Su finalidad no es dar vida, sino servir a los fines lucrativos de algunas corporaciones.

Aunque vivió gran parte de su vida en la ciudad, también estuvo muy cerca de sus abuelos que vivían en el páramo de Letras y siempre estuvieron ligados a la papa, las habas y la arveja. “no sé si eso tiene que ver. En la casa de mis abuelos nunca se compraban semillas; entonces yo pienso que eso más que uno estudiarlo o leerlo es algo que viene de ahí y va quedando. Yo creo que esas son cosas que de alguna manera lo definen a uno en la adultez”.

Semillas secando
Marquesina para secar las semillas en la Granja Wayra (El Peñol)

Olga Ruiz y su familia llevan la granja agroecológica Wayra en El Peñol. Ella nació en Boyacá, pero desde que cumplió un año vive en la finca donde la entrevistamos. Sus papás llegaron a estas tierras con bore, caña, plátano y algunas semillas de fríjol. El papá siempre les habló del valor de las semillas y de la importancia de conservarlas. Les contaba la historia de la familia a través de las historias de las semillas, mientras desgranaban juntos los fríjoles cosechados y se maravillaban con sus variedades y colores; y eso a Olga la hizo amar las semillas. 

“Me parecía como tan mágico ese proceso de los ancestros, de cómo nos enseñaron a trabajar y a guardar las semillas. De cómo guardaban las semillas en los zarzos, las de maíz, las de papa, que para que puyaran tenía que ser en lo oscuro. Y todo ese tipo de cosas me parecían magia, porque la semilla para mí es como mágica, tiene vida, pero tú la ves y no piensas en el valor que tiene, hasta que empiezas a investigar toda la raíz, el ancestro. Entonces amo ese proceso. Y por ese lado fue que me volví custodia”.

El bore ha sido muy importante en la familia de Olga, porque los ha acompañado a través de generaciones en momentos muy difíciles y les ha permitido sobrevivir. Además, tiene infinidad de preparaciones: en chips, en crema, con fríjoles, picado en la sopa, en puré, en guiso. La hoja tierna se puede hacer en ensalada y se puede usar también para alimentar a los animales. Sus abuelos fueron víctimas del conflicto armado en la época de la violencia entre liberales y conservadores. Ellos tenían una finca muy grande con quebradas en cuyas orillas sembraban bore porque es una planta a la que le gusta mucho la humedad y es muy buena protectora de los nacimientos de agua. Cuando llegaron a matar a toda la familia, los bisabuelos cogieron a todos los niños y se los llevaron para el monte, en donde pudieron sobrevivir gracias al bore que recolectaban y luego cocinaban. Todos los cultivos se los arrasaron, se los quemaron, y ellos sobrevivieron en el monte varios días comiendo bore, porque el bore se puede cortar y sigue estando fresco. A los niños el bore preparado así, de forma silvestre, no les gustaba y la bisabuela les decía: “mijo, o come bore, y el que no come bore aguanta el hambre y se jode”. Cuando las personas que los iban a matar se fueron, ellos pudieron retornar a la finca. En el siglo XIX hubo una plaga de langostas, que se comían todo lo que había, excepto el bore, porque no les gusta. En ese momento la familia de Olga también logró sobrevivir gracias al bore, hasta que pudieron renovar los cultivos y tuvieron otras cosas qué comer. Cuando sus padres llegaron a El Peñol no había nada sembrado, así que su papá sembró bore, fríjoles, caña y plátanos, y esas fueron las bases de la alimentación cuando empezaron a vivir en esta finca.

Pero Olga no siempre ha apreciado tanto el campo, durante un tiempo vivió en la ciudad, estudió, trabajó y tuvo negocio. Pero luego se dio cuenta de que había entrado en lo que ella llama la carrera del hámster: 

“Todos los días te levantas, comes a la carrera, vas y trabajas, vuelves y te acuestas, vuelves y te levantas y todos los días estás en ese mismo ritmo. Y se te olvida mirar el cielo, mirar las estrellas, respirar profundo, sentir la vida. Se te olvida que tienes hijos y que hoy los ves acostados en la cuna y mañana ya los ves como unos adolescentes que ni siquiera quieren estar contigo”.

Se sintió expulsada de la ciudad, así que decidió regresar a la casa de sus padres con dos ideas: no quería volver a comer nada con agrotóxicos y quería producir su comida. Un momento crucial para ella fue cuando su hijo se intoxicó por comer fresas con exceso de agrotóxicos, así que ella decidió que no quería ser la campesina que cultivara ese tipo de alimentos.

Frijol verde
Frijol verde cosechado por Rubén en su finca de San Antonio de Prado

Rubén Vélez habita y cultiva, junto con su familia, una finca ubicada cerca del casco urbano de San Antonio de Prado. Para él, las semillas son un poder. Tener semillas de papa, cilantro, fríjol o maíz lo hace autosuficiente, le da la libertad de escoger y conservar sus semillas. El gobierno, dice Rubén, ha intentado oponerse, a través de reformas a las leyes, a que los campesinos conserven sus semillas para obligarlos a comprárselas a las multinacionales, pero esas leyes se han ido cayendo.

Él comenzó a preocuparse por el tema de las semillas porque ha pertenecido a RECAB (Red Colombiana de Agricultura Biológica) y ahí se formó la primera red de semillas de Antioquia. Desde esa red empezaron a hacer un trabajo de sensibilización y se hicieron talleres en los que les hablaron sobre el poder de las semillas y les enseñaron a reconocerlas. A partir de eso se dio cuenta de que las semillas eran muy importantes para la producción en el campo y decidió comenzar a custodiarlas. Inicialmente empezó con una semilla de maíz y una de fríjol, pero ahora tiene muchas: dos variedades de fríjol, maíz, ajos, cilantro, una variedad de cebolla que viene de San Cristóbal y papa blanca holandesa.

Rubén ha elegido los cultivos que le gustan para custodiar las semillas. Él, por ejemplo, dice que adora el maíz y el fríjol, mientras que a su hija Ana le fascinan las papas. “Hay como un magnetismo ahí hacia ciertos cultivos, hay unos cultivos que a uno lo llaman más que otros, entonces uno siempre trata de tener esas semillas de esos cultivos”. 

Para Rubén un custodio es quien cuida las semillas y las comparte, con el fin de que permanezcan en el tiempo, no desaparezcan y “nos dé esa fuerza que necesitamos todos de no depender de una multinacional, sino tener nuestras propias semillas que nos permitan ser autosuficientes”. Cuando habla de las semillas y su custodia, Rubén hace un gran énfasis en la necesidad de compartirlas, porque al darle la semilla a otra persona, esa semilla se está extendiendo y así se está garantizando su permanencia en el tiempo. De ese modo si un custodio tiene una calamidad y se tiene que ausentar o hay un cambio muy brusco en las condiciones climáticas en su tierra y se le daña su reserva de semillas, haber distribuido sus semillas entre otros campesinos le garantiza que puede volver a obtenerlas. Las semillas no pueden estar en manos de una persona o de unas pocas, entre más se comparta mayor garantía se tendrá de recuperarlas en caso de pérdida. La semilla de papa, por ejemplo, es muy delicada, entonces si se siembra toda la reserva y hay un invierno muy fuerte, se puede perder toda la semilla. Pero eso no pasaría si se distribuye la semilla, no solo entre los campesinos que viven cerca, porque tal vez a ellos también los va a golpear el clima de la misma manera, sino además entre campesinos de otros lugares, en donde seguramente el clima no haya sido tan agresivo en esa temporada.

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